El día que me dijeron que nunca llegaría a la NBA y el giro que jamás vi venir
Cómo seguir mi pasión, y no la lógica, me llevó a un lugar que nunca imaginé
Tenía seis años la primera vez que sostuve un balón de básquet.
Todavía recuerdo la sensación. El peso en las manos. El sonido al rebotar en el piso. Algo hizo clic dentro de mí en ese instante. En ese momento no sabía explicarlo, pero hoy lo tengo clarísimo. Era amor.
Desde ese día, el básquet se convirtió en mi mundo. Jugaba todo el tiempo. Antes del colegio, después del colegio, cada vez que podía escaparme. Me quedaba afuera hasta que se hacía de noche y mis papás tenían que llamarme para entrar. Cada minuto libre era para jugar básquet.
Como millones de niños en el mundo, tenía un sueño enorme y totalmente natural al mismo tiempo.
Quería jugar en la NBA.
Y trabajé para eso. Mucho. Sin parar. Entrenamientos, prácticas, competencia. El básquet me enseñó disciplina antes que la vida. Me enseñó a perder, a fallar, a levantarme y volver a intentarlo. Durante años, toda mi identidad giró alrededor de ese sueño.
A los 16 años pasó algo que sentí como una señal del destino.
Mis papás me dieron la oportunidad de viajar a Estados Unidos para asistir a un campamento de verano en IMG Academy, en Florida. Uno de los mejores campamentos de básquet del país. Para mí era irreal.
Cada día en IMG se sentía como vivir dentro de un sueño. Entrenaba todo el día. Jugaba todo el día. El básquet ocupaba casi cada hora de mi día. Me dormía agotado y me despertaba emocionado por volver a hacerlo. Recuerdo pensar: esto es. Acá empieza todo.
Hasta que llegó la conversación que lo cambió todo.
Una de las actividades del campamento fue una charla con un scout universitario y de la NBA. Nos sentó y nos explicó el camino. El proceso. La realidad. Esto fue alrededor de 2002, mucho antes de que los jugadores internacionales tuvieran las oportunidades de hoy. En ese momento, la NBA era casi una puerta cerrada para extranjeros.
Habló con calma. Sin emociones. Con números.
Probabilidades. Porcentajes. Las verdaderas probabilidades de que un jugador internacional llegara a la NBA. No recuerdo el número exacto, pero sí recuerdo cómo se sintió escucharlo. El salón no se movió, pero algo dentro de mí se derrumbó.
La probabilidad era mínima. Casi inexistente.
Ese momento me destruyó.
Rompió algo puro. Algo inocente. Destruyó el sueño del niño que había sido durante años. Por primera vez apareció el miedo. No el miedo a fracasar, sino el miedo a intentar algo que parecía casi imposible.
Cuando volví a casa, ya no era el mismo. Seguí jugando. Seguía amando el básquet. Terminé el colegio jugando y hasta jugué los primeros meses de la universidad. Pero el fuego ya no era igual. La duda se había sentado en mi cabeza y no se iba.
A pesar de tener el apoyo total de mis padres, tomé una decisión que en ese momento parecía lógica, pero que se sentía pesada en el pecho. Decidí no perseguir el básquet de manera profesional. Me dije que no tenía sentido ir tras algo con probabilidades tan bajas. Me dije que estaba siendo realista. Me dije muchas cosas.
La verdad es que dejé que las probabilidades decidieran mi futuro.
Así que me alejé del sueño de mi infancia y giré hacia otra pasión. La tecnología. Estudié ingeniería de software. La vida siguió. Nuevas metas. Nuevos caminos. El capítulo del básquet parecía cerrado.
Pasaron los años.
Empecé a emprender. Algunas cosas funcionaron, muchas no. Fracasé, aprendí y volví a intentarlo. Una y otra vez. Con el tiempo, casi sin buscarlo, mi hermano y yo terminamos desarrollando aplicaciones móviles para otras empresas en Latinoamérica. Y un día, sin darle demasiada importancia, apareció una idea:
¿y si hacemos nuestro propio juego?
Esa idea se convirtió en un juego móvil llamado Apensar, conocido como Wordie en inglés.
Lo que pasó después todavía me cuesta creerlo.
Noches largas, errores, cambios de rumbo y trabajo constante. El juego explotó. Un millón de descargas. Luego cinco. Luego diez. Y después números difíciles de procesar. Más de 40 millones de descargas en todo el mundo. Top 10 en más de 110 países. Premios. Reconocimiento. Cosas que jamás imaginé.
Y un día, en medio de todo eso, mi hermano me envió un artículo.
El título era directo y brutal:
“Tus posibilidades de crear una app exitosa son casi nulas”.
Pero una frase me dejó helado.
“Es más probable que llegues a la NBA a que tu app se vuelva viral”.
Me quedé congelado.
Lo leí otra vez.
Y otra.
Según el artículo, las probabilidades eran tan bajas que, estadísticamente, tenías más chances de llegar a la NBA que de hacer viral una app.
En ese instante, todo volvió de golpe. El niño de seis años. El balón. La Academia. El scout. El número que destruyó mi sueño. La decisión que tomé por miedo.
Y de pronto entendí algo que me tomó décadas comprender.
Había abandonado un sueño imposible por las probabilidades. Y años después, sin darme cuenta, había perseguido otro igual de improbable. La diferencia era simple.
Esta vez no conocía las probabilidades.
Esta vez no pedí permiso. No escuché estadísticas. No calculé porcentajes.
Solo seguí adelante.
La vida me había hecho cerrar el círculo.
No llegué a la NBA. Pero llegué a algo estadísticamente igual de improbable. No porque fuera más inteligente. No porque tuviera más talento.
Sino porque esta vez no me detuve cuando todo parecía imposible.
Y esa es la lección que quiero dejarte.
A veces, la ignorancia es una bendición.
Cuando empiezas un camino, especialmente como emprendedor, saber demasiado sobre las probabilidades puede paralizarte. Las estadísticas asustan. Las opiniones aplastan. Los números matan sueños antes de que siquiera empiecen.
El juego solo termina cuando tú decides dejar de jugar.
P.D. Para quienes quieran leer el artículo sobre la NBA y las Apps, lo dejo aquí.
Si te da curiosidad conocer más sobre mi recorrido como emprendedor, acá puedes leerlo.


